Sirvan estas líneas de homenaje y memoria
- Ricardo Ramírez Corona

- hace 6 días
- 5 Min. de lectura
"Sirvan estas líneas de homenaje y memoria" del libro "Nos acabamos de conocer y ya nos tenemos que despedir", escrito por Ricardo Ramírez Corona. Todos los derechos reservados © 2026.

Cuenta la historia que el maestro de asignatura se caracterizaba por ser muy estricto, en parte se auto justificaba él mismo diciendo que los adolescentes de secundaría tomarían el control del desastre si el maestro cedía a darles margen de maniobra.
La realidad de las cosas no es que fuera un ogro ni un amargado, al contrario, era estricto con las tareas y participaciones en clase de los alumnos, también exigía respeto de los alumnos para no hablar en clase, ni cuando él exponía ni cuando hablaba un compañero.
Desde luego impedía copiar, burlas, y cualquier clase de situación que se considerara juego. A pesar de todas esas situaciones controladas, los alumnos eran una bomba de tiempo contenida en cada uno de ellos dentro de su cabeza adolescente. Lo más recurrente es que el maestro llegara al salón de clase y antes de entrar se escuchara una algarabía digna de una fiesta en esplendor, todos jugando, se veían pasar avioncitos de papel volando, jugando pelota dentro del salón de clase, por decirlo menos.
Por si eso fuera poco para los jóvenes alumnos, el maestro tenía la leyenda de que nunca faltaba a clases. Como siempre pasa, era calificado como un Hitler de la enseñanza, fama que se había ganado con años de trayectoria en ese mismo tenor.
A pesar de ello, el maestro tenía una familia, esposa, hijas y un hijo justo de edad adolescente. Contrario a su imagen de Hitler de la enseñanza, era un padre amoroso, carismático, totalmente flexible con las pocas reglas de casa hacia su esposa e hijos, concedía todo, divertido, ocurrencias y chistes al por mayor en su propia familia nuclear y extendida; un ser extraordinario que lo que se escriba en este párrafo se queda lejos del amor que profesaba con su familia.
Un día, su hijo adolescente se sintió mal, parecía un mareo muy importante y algo no parecía normal. Después de exámenes de laboratorio simples enviados por el médico de primera instancia, el resultado fue sorprendente para todos. El joven tenía excedidos los leucocitos y eso generalmente es patognomónico de una leucemia o cáncer de sangre.
Se provocó un cisma en casa, todos en la familia dejaron sus actividades rutinarias y empezaron a pensar en opciones de otros diagnósticos, tratando de informarse lo que significaba los leucocitos altos en la sangre y el tiempo se detuvo en su estado de negación.
No habían transcurrido ni dos días después de la noticia inicial, cuando el joven adolescente tuvo una crisis de la cual no se recuperó y murió. Lamentablemente falleció, nos dolió a todos, a mí también.
La familia y el maestro estaban destrozados emocionalmente, todo había ocurrido tan rápido, se suponía que habría tiempo de algunos meses, pero no los hubo, ni siquiera sabiendo el diagnóstico les dio tiempo de despedirse. Con la consternación sobre los hombros de la familia, se realizaron los servicios funerarios de despedida.
El maestro pasó dos semanas en casa tratando de hacer valer los días que podía faltar para no asistir a la escuela, no podía, su tristeza sin entendimiento no tenía medida por la pérdida de su único hijo varón.
Finalmente regresó a la escuela a dar clases. Desde luego los alumnos estaban enterados de todo lo que había pasado con su hijo, fueron tantos días ausente por parte del maestro que la directora tuvo que hablar con los alumnos a sabiendas del gran dolor que representaba para el maestro y además la directora les externó que suponía que cada alumno del aula, tenía la misma edad que tenía su hijo al morir y eso, es algo muy doloroso para cualquier ser humano, les pidió atentamente que trataran de entender la situación tan difícil por la que había pasado el profesor. Seguramente los alumnos escucharon como cualquier adolescente que finge que no escucha, pero escucha todo.
Llegado el momento, el maestro se aproximó como de costumbre al salón de clases, los alumnos estaban perfectamente callados, no se escuchaba ni un grillo, todos sentados, cuando el profesor entró al salón se levantaron y esperaron su señal para sentarse, situación que semanas antes hacían de mala gana. Entre los alumnos nadie platicaba, todos estaban listos para tomar clase.
El maestro les pidió abrir el libro de texto en la última lección y estaba a punto de empezar a escribir en el pizarrón cuando volteó intempestivamente dirigiéndose a todo el grupo, con voz decidida y clara, el maestro y les dijo “Por favor rompan las reglas en esta clase y si quieren en todas las clases, sean adolescentes, griten, jueguen, maldigan, diviértanse, copien en los exámenes, invítenme a su juego de futbol aquí dentro del salón de clases, a ver tu Carlos, platica con Luis en plena clase, vivan momentos únicos que solo ocurrirán hoy, sigan aventando avioncitos eso los hace soñadores, no importa que sea en la clase que imparto, a ver Juan, no tienes que sacar buenas calificaciones si no quieres, no tiene que quedar bien con ninguno de sus padres solo contigo mismo, con ustedes mismos. Sean libres, sean adolescentes hoy, no mañana. Si quieren no entrar a clase e irse a algún otro lado traten de no preocupar a sus padres dado que ellos no se lo merecen, pero háganlo. Todos ya tienen diez en esta clase, no requieren hacer tareas si no les gusta, si no les gusta participar no lo hagan, yo aquí estaré para enseñarles como siempre he tratado de inculcarles el conocimiento que sé que les puede servir en un futuro. Por favor vivan felices, vivan con energía su vida, traten de no llevarla a un exceso porque la sufrirán más pero sean los mejores exponentes de la palabra felicidad y la palabra libertad. No se los digo de broma, es enserio, lo digo muy enserio. Sé perfectamente por lo que he pasado y lo que digo. Mi hijo vive en cada uno de ustedes y no pueden darse el lujo de desperdiciar este momento de vida que tienen ustedes todavía en sus manos”.
Después de las palabras del maestro los alumnos soltaron lágrimas en claro estado de conmoción. Sin embargo, el maestro no soltó una sola lágrima frente a ellos. Con la misma determinación que antes les exigía cumplimiento de reglas sin emitir lágrimas, la única diferencia es que ahora la misma determinación se aplicaba para las nuevas reglas.
No obstante, cuando terminó el día de clases del maestro siguió su camino a casa llorando el duelo que tenía por su hijo y por el día tan emocionalmente agitado del retorno al trabajo.
Nunca volvió a ser el mismo, siguió arrastrando su tristeza cada minuto de su vida, nada ni nadie pudo hacer que lo superara.
Con el tiempo el maestro falleció transcurridos algunos años después, de alguna forma su tristeza y duelo sellado, fue una forma de guardar tributo a su amado hijo. Aunque las causas de muerte oficiales no lo estipulan así por parte de las autoridades, en realidad todas las personas que conocimos al maestro, teníamos claro que la causa de muerte había sido por el inmenso y profundo dolor de impotencia por la muerte de su hijo.
Sirvan estas líneas en este libro de homenaje y memoria para que sus vivencias trasciendan e impacten a muchas personas más.

Comentarios